Adentro del nivel setenta y nueve de los Backrooms, me encuentro inmerso en un espacio claustrofóbico y asfixiante. Las paredes están cubiertas por una sustancia viscosa que emana una débil luz verdosa, creando una atmósfera opresiva. Cada paso que doy es un susurro en la penumbra, atrapado en un laberinto de sombras.

Llegué a este nivel después de superar innumerables desafíos y obstáculos en niveles anteriores. La determinación y la sed de escapar de este laberinto interminable siguen ardiendo en mi interior, impulsándome a enfrentar las dificultades que se interponen en mi camino.

El espacio del nivel setenta y nueve se presenta como un entramado de pasillos estrechos y retorcidos, como si las propias sombras cobraran vida. La falta de iluminación adecuada y la sensación constante de ser observado generan un miedo profundo en mi interior. Cada esquina oculta una trampa mortal, cada rincón guarda secretos oscuros.

Mientras me aventuro en este nivel, una entidad desconocida se desliza entre las sombras. Solo puedo percibir su presencia como una masa informe que se retuerce y se desvanece en la oscuridad. Sus ojos brillan con una intensidad inhumana, y su voz susurra en mi mente, invitándome a sumergirme en la desesperación y la locura.

La entidad se mueve con una gracia perturbadora, siempre a unos pasos de distancia de mí. Sus apéndices oscuros se estiran y retuercen, buscando aferrarse a mi ser. Sin embargo, mantengo mi determinación intacta y uso mi astucia para esquivarla, aprovechando cada oportunidad para evadir su influencia tenebrosa.

En un momento de claridad, diviso una salida en lo más profundo del laberinto de sombras. Sin dudarlo, me lanzo hacia ella, dejando atrás la danza de las sombras y la entidad siniestra. Al otro lado, emergo en un nuevo nivel, bañado por una luz suave y una sensación renovada de esperanza.