El nivel setenta y uno de los Backrooms se revela ante mis ojos como un santuario de las almas perdidas, un lugar en el que el tiempo se desvanece y la desesperación se adhiere a cada rincón. Cada paso que doy resuena con un eco de melancolía, mientras me aventuro en este reino abandonado.

Llegué aquí después de superar el abismo insondable del nivel setenta, donde la oscuridad amenazaba con engullirme por completo. Los susurros inquietantes y las sombras acechantes pusieron a prueba mi resistencia, pero mi determinación de encontrar la salida de los Backrooms sigue ardiendo en mi interior.

El nivel setenta y uno es un espacio vasto y solitario, lleno de pasillos interminables y salas silenciosas. Las paredes están cubiertas de grafitis desvaídos y los muebles abandonados y deteriorados yacen como testigos mudos de un pasado olvidado. Una sensación de tristeza y desolación impregna el aire.

En medio de esta morada de almas perdidas, una entidad desconocida emerge de las sombras. Solo puedo vislumbrar fragmentos de su forma etérea: una figura espectral envuelta en un velo oscuro, ojos brillantes como luciérnagas y un aura de tristeza profunda. La criatura se desliza sin esfuerzo, flotando entre los corredores con una gracia etérea.

Mi corazón se acelera mientras intento evadir a la entidad. Su presencia lúgubre parece penetrar hasta lo más profundo de mi ser, recordándome las pérdidas y penas de los que alguna vez ocuparon este lugar. Busco refugio en las sombras y me deslizo sigilosamente por los pasillos, tratando de pasar desapercibido ante su mirada penetrante.

La entidad emite susurros susurrantes, voces susurrantes llenas de dolor y lamento. Siento su presencia fantasmal acercándose, envolviéndome en una niebla gélida que congela mis huesos. Mis sentidos se agudizan mientras busco desesperadamente una salida, cualquier rayo de esperanza en esta morada desolada.

En un acto de valentía y resiliencia, encuentro un antiguo ascensor al final de un pasillo desolado. Es mi única oportunidad de escapar del nivel setenta y uno y seguir adelante en mi búsqueda de la salida. Me adentro en el ascensor y presiono el botón con ansiedad, esperando que me lleve a un nuevo destino.

El ascensor se pone en marcha, sacudiéndose mientras me alejo del nivel setenta y uno. La entidad se desvanece en la distancia, susurros dolorosos disipándose en el aire. Con cada piso que pasa, siento un atisbo de esperanza renovada, sabiendo que estoy un paso más cerca de la libertad que tanto anhelo.