En el nivel ochenta y dos de los Backrooms, me encuentro inmerso en un paisaje desolado y envuelto en una penumbra opresiva. Las paredes, cubiertas por una sustancia viscosa y brillante, parecen susurrar fragmentos de recuerdos olvidados. Cada paso que doy se hunde en un suelo cubierto de una niebla densa, que distorsiona mi percepción y me sumerge en un mar de incertidumbre.

Llegué a este nivel después de superar una serie de desafíos en los niveles anteriores. Mi determinación y curiosidad insaciable me llevaron a adentrarme en el oscuro abismo del nivel ochenta y dos, ansioso por descubrir qué secretos ocultos guardaba.

El espacio en este nivel presenta una dificultad peculiar: la pérdida de la identidad. A medida que avanzo, mis pensamientos se vuelven difusos y mis recuerdos se desvanecen como humo. Me encuentro luchando contra la sensación de perderme a mí mismo, de olvidar quién soy y cómo llegué hasta aquí.

En medio de esta neblina de olvido, una entidad desconocida se alza ante mí. Su forma es etérea y cambiante, sus contornos se desvanecen y se reconstruyen constantemente. Solo puedo vislumbrar sus ojos brillantes y penetrantes, que parecen escudriñar mi alma en busca de respuestas. Siento su presencia acechante a cada paso que doy, pero mi instinto de supervivencia me impulsa a mantenerme fuera de su alcance.

Mis dificultades en este nivel son abrumadoras. Los pasillos parecen multiplicarse y confundirse entre sí, llevándome en círculos interminables. La niebla se espesa, dificultando mi visibilidad y desorientándome aún más. Sin embargo, mi determinación no flaquea. Me aferré a los fragmentos de mi identidad y recuerdos que aún me quedaban, luchando contra el abrazo asfixiante del olvido.

La clave para salir de este nivel y desafiar la entidad desconocida radica en la luz. Descubro que los destellos de un resplandor tenue y reconfortante se filtran a través de pequeñas grietas en las paredes. Sigo ese rastro de luz, guiándome hacia una salida en medio de la oscuridad.