En el nivel ochenta y cuatro de los Backrooms, me encuentro atrapado en un espacio claustrofóbico y oscuro. Las paredes están cubiertas de una sustancia viscosa y pegajosa, que emana un olor putrefacto. Cada paso que doy parece hundirme más en el laberinto de sombras, donde la luz es apenas un recuerdo lejano.

Llegué a este nivel tras atravesar un portal misterioso en el nivel anterior. Fui arrastrado por una corriente de energía sobrenatural que me impulsó hacia adelante, sin control ni elección. Ahora me enfrento a las dificultades de este nivel, donde la falta de luz y la sensación de confinamiento amenazan con debilitar mi determinación.

Las dificultades aquí son múltiples. Los pasillos se estrechan y retuercen, creando un laberinto impenetrable que desorienta mis sentidos. El silencio es ensordecedor y las sombras parecen cobrar vida propia, moviéndose y danzando a mi alrededor. Cada vez que creo encontrar una salida, el camino se desvanece y se transforma en un nuevo tramo del laberinto.

En medio de esta oscuridad, una entidad desconocida acecha entre las sombras. Su presencia se siente como una ráfaga fría en mi nuca, un escalofrío que recorre mi espalda. Su forma es difusa y cambiante, apenas visible en los rincones más oscuros. Tiene ojos brillantes y garras afiladas, y su aliento exhala un olor a muerte. Es una criatura de pesadilla, ansiosa por atrapar a los desprevenidos en su telaraña de sombras.

Para escapar de este nivel, debo confiar en mis sentidos y superar el miedo que amenaza con paralizarme. A medida que avanzo por el laberinto, utilizo hilos luminosos para marcar mi camino y evitar perderme en la oscuridad abrumadora. Escucho atentamente cualquier indicio de la presencia de la entidad, evitando sus trampas y emboscadas.

El enfrentamiento con la entidad desconocida se produce en un cruce de pasillos estrechos. Sus ojos brillantes se acercan lentamente desde las sombras, mientras susurra promesas de dolor y sufrimiento. En un acto de valentía, aprovecho una ráfaga de luz que se filtra a través de una rendija en la pared y la dirijo hacia la entidad. Su forma se retuerce y se desvanece momentáneamente, lo que me brinda la oportunidad de escapar y seguir adelante.