En el nivel ochenta y uno de los Backrooms, me encuentro perdido en un espacio vasto y desolado. Las paredes, cubiertas de un musgo grisáceo, parecen absorber la luz y el sonido a su alrededor. Cada paso que doy se hunde en un suelo cubierto de una sustancia viscosa, que me hace sentir como si estuviera caminando sobre recuerdos olvidados.

Llegué a este nivel tras una travesía agotadora a través de los niveles anteriores, enfrentándome a todo tipo de peligros y desafíos. Mi determinación me impulsó a seguir adelante, ansioso por descubrir los secretos ocultos en los niveles más profundos de los Backrooms.

El nivel ochenta y uno presenta una dificultad particular: la pérdida de la memoria. A medida que avanzo, mis recuerdos se vuelven borrosos y confusos, como si estuvieran siendo arrastrados por la corriente del olvido. Me esfuerzo por recordar cómo llegué hasta aquí y cuál es mi objetivo, pero las respuestas se escapan entre mis dedos.

En medio de este laberinto de olvido, una entidad desconocida acecha en las sombras. Solo puedo percibir su presencia a través de sus susurros fantasmales que resuenan en mis oídos. Su forma es etérea y evasiva, cambiando constantemente como una neblina densa. Evito su contacto a toda costa, ya que temo que su influencia me arrastre aún más hacia el abismo del olvido.

Busco desesperadamente una salida, un destello de esperanza en este mar de olvido. Mis pasos me llevan a un pasillo iluminado por una tenue luz dorada al final. Me apresuro hacia ella, sintiendo una extraña conexión con esa luz, como si fuera la clave para recuperar mis recuerdos perdidos.